domingo, 14 de noviembre de 2010

Equipo de fútbol de la Laboral. Curso 82-83


Este fue el equipo de fútbol que compitió en el curso 82-83 en los campeonatos intercolegiales, perteneciente a Formación Profesional.
De pie: Tinico, Abelino, Masico, Borreguero, Javi, Peri, Vaquero, Juan Carlos.
Agachados: Pedro, José (Travolta), Mariano, Pascual, Forma,Mayo.

Foto de grupo en el patio (otros tiempos)



Hace unos días publiqué una entrada que hablaba sobre el patio. En esta ocasión, dejo una foto hecha en el mismo lugar donde nos hemos hecho unas cuantas, como podéis observar a lo largo de nuestra historia, el lugar elegido, siempre es el mismo, ésta, creo que es de la clase de 2ºB de F.P.I. ¿Sería muy difícil que alguien intentara identificar a los que posan para la ocasión? Aún tengo unas cuantas fotos de todos nuestros encuentros y reuniones de la promoción en diferentes épocas de nuestra vida y mi intención es publicarlas todas. Os recuerdo que podéis comentar sobre cualquier tema lo que queráis.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Visita a los talleres (2007)
























Esta entrada va a ser escrita con menos pretensiones literarias que la anterior, pero no me pude reprimir en el relato, un poco barroco de las sensaciones experimentadas en ese lugar. Dado que iba a hablar de los libros que nos hicieron leer en la asignatura de lengua y literatura, creí conveniente el adorno.

Desde el patio, fuimos pasando al interior de los talleres, donde, posiblemente pasáramos el mayor número de horas de nuestra formación. Aunque a muchos de nosotros, los conocimientos adquiridos en aquel lugar, con aquellas máquinas y herramientas y teniendo como maestros a los mejores profesionales, no los utilizamos en nuestra vida actual, otros muchos compañeros, han hecho de las enseñanzas, su medio de vida, ampliando y adaptándose a las nuevas tecnologías, pero sin perder de vista la esencia de lo que aprendimos en aquellos recintos.
La sensación de volver a pisar aquel suelo adoquinado de madera casi centenaria, el olor a los diferentes aromas intrínsecos del lugar, de los que ya hemos hablado en otra entrada anterior, el color verde apagado de tornos, fresas, limadoras, etc. hizo que cientos de recuerdos y anécdotas se agolparan en nuestra memoria. Como he dicho en varias ocasiones, cada uno tiene una visión particular de su paso por esta Universidad, pero no creo equivocarme en decir que los talleres constituyeron para todos nosotros un antídoto contra el aburrimiento, salvo el primer año, en el que no hicimos otra cosa que limar cruzado, desbastando todo tipo de piezas, que tendrían un objetivo claro y fundamental en nuestra psicomotricidad, pero que yo no entendía en absoluto porque a la 2ª hora de limar la "U", ya había desentrañado los secretos de la lima basta y sus derivados.


Una cosa que sí me sorprendió mucho, al volver por allí, después de tantos años, fue el tamaño de los "Cumbre", "Microtor" y toda la familia de fresas, etc. Me parecieron de juguete en comparación con la idea que tenía sobre ellos y no sé porqué, dado que en todos los años que nos separan de su utilización, al menos yo, no he crecido tanto.
Recorrimos todos los recobecos de cada sección y casi nada había cambiado desde que un día ya lejano traspasamos aquellas puertas enfundados en los monos azules con destino a nuestro futuro.
Me imagino que para todos nosotros este lugar está repleto del mayor número de historias, algunas de ellas buenos recuerdos y otras no tan buenos. Yo, como en todo mi paso por la Laboral, tengo de las dos clases y aquí voy a recordar una que no es ni graciosa ni de buenos recuerdos para mí.
En este caso voy a contar algo que me ocurrió a mi solo.

En mi vida, supongo que me han engañado bastantes veces, de hecho, creo que me engañan o me estafan o me roban a diario...bueno, de esto no voy a hablar en este blog. En mis años de estudiante en la Uni, recuerdo tres agravios importantes que aún llevo grabados a fuego en mi resentida memoria; de uno ya he hablado en la entrada de "la banda sonora de una época", cuando me robaron toda mi colección de música favorita del cajón de mi mesa de la habitación. Aquello me hizo mucho daño, no por el hecho de quedarme sin mis cassettes favoritos, si no por tener la sensación de sospecha de los compañeros que hasta entonces creía honestos y amigos, pero lo superé pensando que uno no podía impedir que los demás fueran gente honrada y normal. Otro hecho negativo, fue culpa de mi ingenuidad al pensar que todo el mundo era bueno y prestar dinero a un compañero porque lo necesitaba, según él, para irse a su pueblo el fin de semana y que me lo devolvería el lunes. No fue más que 400 pesetas, pero sentir la impotencia de ir una y otra vez a pedírselas y tratarme como a un memo idiota, ha sido una de mis peores sensaciones en mi vida por no tener el valor de romperle la cara. El sujeto en cuestión se llamaba de apellido Mielgo y espero al menos que las 400 pesetas le sirvieran para satisfacer sus necesidades. Después me enteré que lo que me hizo a mi, lo repitió a lo largo del curso con muchos compañeros. ¿Alguno de vosotros tuvo el mismo caso con este u otro sujeto parecido?
Pero, sin duda, la afrenta que más me dolió, ocurrió en también en el primer curso de F.P.I y en el taller. El profesor de taller por aquel entonces era D.César, que nos daba lima. Reconozco que era un buen profesor, pero a mí me lo hizo pasar bastante mal con el trato recibido. Si recodáis, cada uno teníamos un banco de trabajo en fila de a tres, enfrentados con otros tres, cada uno con un tornillo en su puesto de trabajo, donde poníamos nuestras piezas para limar, etc. Debajo, disponíamos de una cajón individual con la herramienta necesaria, todo bajo llave que estaba en una vitrina y que cogíamos al llegar a nuestro puesto y que debíamos dejar cuando nos íbamos. No recuerdo con exactitud toda la herramienta de la que disponíamos y seguro que entre todos podríamos llenar el cajón con nuestro recuerdo, pero contabilizo: unas 6 ó 7 limas de diferentes tamaños, aceitera, martillo, compás, puntero, escuadra, trapos, tiza, calibre o pie de rey...

Con éste último es con el que tuve el problema, pues desapareció de mi cajón y nadie me lo había cogido, con lo cual, me lo habían quitado. Se lo dije a D. César y montó en cólera. Me dijo que lo buscara y que no me fuera del taller sin haberlo encontrado. Me volví loco y estuve todo el tiempo que duró la clase, haciendo abrir todos los cajones de los compañeros sin resultados, obviamente, porque alguien lo había cambiado de sitio con la intención de no volverlo a poner donde lo cogió. Le fui a comunicar mis pesquisas y me trató de ladrón y que yo había sido el que me había quedado con el puto calibre y estaba haciendo teatro. Esto me sentó muy mal y desde ese momento se cayó por tierra el concepto que tenía sobre el maestro que hasta la fecha, me había parecido de trato paternal. Lo peor fue saber que no sólo había gente que no te devolvía el dinero prestado, si no que tenía compañeros que eran uno ladrones.
Me dijo que puesto que el calibre no aparecía y sospechaba que yo era el responsable, tenía que traer otro calibre al cajón. No dije nada en mi casa y poco a poco tuve que ir ahorrando para comprar el calibre o pie de rey (¡viva la república!) y dárselo a D.César, que me lo cogió sin decir nada. Lo compré en una ferretería que había en la calle Príncipe de Asturias con Regimiento de Toledo, que no sé si existe todavía, pero que se dedicaba también a la venta de ropa de trabajo.
Las relaciones académicas con el profesor, no cambiaron y no tuve problemas para aprobar la asignatura, que a partir de entonces, no solo me pareció tediosa, si no que ir a taller, me resultó violento y con un ambiente enrarecido, con miradas sospechosas a algunos compañeros y cada vez que cruzaba la mirada con el profesor me daban ganas de revelarme y mandarlo a la mierda. Recuerdo aquellas tardes interminables y opresivas y uno de los motivos por los que a punto estuve de abandonar los estudios en los primeros tiempos.

Lo siento por los que tengan a D. César en un pedestal, lo mismo que lo tenía yo, hasta que me sucedió lo relatado.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Un paseo por el patio (2007)













Desde el ala sur del edificio nos encaminamos a la parte norte, donde están los talleres y en el trasiego de un lado a otro, pasamos por el patio central, un lugar que confiere al edificio un aire de amplitud y ecologismo, raro de encontrar en edificaciones posteriores, véase la grillera.
El espacio del que hablo, lo utilizamos bastante, pero seguramente poco en comparación con generaciones de estudiantes salesianos de épocas anteriores, aún así, mi memoria tiene unos cuantos acontecimientos grabados de nuestros días vividos entre los setos, árboles, estanque, soportales y jardines.

Al salir desde las puertas que daban acceso a las aulas de ingeniería, nos encontramos de bruces con la luz cegadora de aquella mañana soleada del mes de junio. Las piedras inmóviles del empedrado geométrico de figuras indefinibles, se sorprendieron al ser pisadas por los mismos pies de hace 25 ó 30 años y por un momento parecieron removerse de su puesto inmutable para darnos la bienvenida. Los álamos, pinos y abetos se enorgullecieron de vernos regresar de nuevo y se daban codazos con sus ramas, ayudados de una suave brisa y sus hojas murmuraban entre risas apagaciguadas, recordando nuestras andanzas entre sus regazos. Nos acogieron con sus copas henchidas a la hora de hacernos unas fotografías de grupo a la sombra de sus troncos y los altivos cipreses estiraron su puntiaguda silueta para asomarse a la ciudad por encima de los tejados y los muros para gritar a Zamora, con orgullo que "La Octava" había vuelto a la Universidad Laboral.

Recuerdo alguna tarde de otoño cuando el sol se iba escondiendo en los tejados de los talleres, sentado en uno de los bancos de piedra, al abrigo casi maternal de los setos ornamentales de los arbustos de las plantas arizónicas, respirando ese olor inconfundible que desprendían y leyendo el libro: "Los Bravos" de Jesús Fernández Santos, que nos había mandado como tarea la entrañable profesora de lengua y literatura, "La Jarpo" (lo siento, no recuerdo su nombre), que también fue víctima de nuestros famosos cambios de fechas para exámenes a última hora. El susodicho libro me pareció un verdadero tostón y recuerdo a duras penas el argumento, pero tengo que agradecer que gracias a ella, comenzó mi afición por la lectura. Hizo grupos de dos en clase y a cada uno de los grupos, les mandó un libro diferente. A Orduña Justo y a mí, nos tocó el que acabo de relatar, pero recuerdo que a Aguado y Paco, les tocó "El misterio de la cripta embrujada"de Eduardo Mendoza y siempre que se ponían a leerlo, como estábamos en la misma habitación, les oía como se descojonaban de la risa y eso hizo que me entrara la curiosidad y terminé por leerlo también. Este hecho hizo que cambiara mi actitud frente a los libros porque me enganchó desde el inicio hasta el final y desde ese momento, han sido muchos los que he leído y cuando uno, consigue sorprenderme de forma especial, siempre me acuerdo de aquella profesora de aire progre y simpática. A este respecto, seguro que Aguado tiene una anécdota que contar.

El estanque central del patio, rodeado de los árboles, sirvió en muchas ocasiones de matraz para muchas de las piezas que hacíamos en los talleres, que se fue convirtiendo en una especie de tradición, como lo es echar monedas en la Fontana de Trevi y cuando terminaba el curso ,algunos de nosotros desatábamos nuestra euforia de aquella manera tan rebelde. En esta ocasión no me fijé si en el fondo del estanque brillaba algún metal en forma de: ajuste, plomada, U, biela o lo que fuera.

El patio fue testigo de nuestros juegos en los recreos y solo consigo recordar lo que hacíamos el último año, cuando el resto de los cursos esperaban ansiosos nuestros espectáculos diarios; el tiro de la cuerda, la mosca, rotura de cabezas de novatos con puertas varias, el cinto, etc.
Se me encoge el corazón cuando pienso en el sepelio de nuestro querido "Don Huevone" y la comitiva afligida, encabezada por nuestro delegado, seguido del resto de la desconsolada clase, tras el ataúd con los restos calcáreos del infortunado finado. ¡Cómo me hubiera gustado conservar la esquela que yo mismo hice para anunciar tan trágico acontecimiento!

Otro recuerdo que me viene a la memoria y que no quiero dejar pasar la oportunidad de incluirlo en esta entrada es "la caza de Gamusinos", esos animalitos tan escurridizos que salían de sus madrigueras cuando se hacía de noche.


Cierto día, en la primavera de 1983, cuando cursábamos 1º de F.P.II y olía a fin de curso por los cuatro costados, unos cuantos de nosotros, que estábamos hartos de estudiar para los exámenes finales, decidimos hacer una pausa para quitar tensiones y bajar al patio para cazar gamusinos.

Se eligió como víctima propiciatoria a Isidro, que no sé si aceptó resignado su papel o es que no sabía lo que eran los susodichos animalitos. Tengo que confesar que si hubiera sido yo el elegido para tal misión, hubiera quedado como un idiota, porque yo si que no sabía de la existencia de tal especie en la fauna autóctona de nuestro patio. Él, por desconocimiento o por dar gusto a los demás, se metió en su papel y si no conocía la técnica de caza, desde luego que hizo una actuación digna de los mejores teatros.

Liamos el tema desde las ajetreadas habitaciones, intentando hacerlo de forma furtiva y exclusivista, como dando a entender que los participantes en la batida, eran unos afortunados y por todos los medios había que intentar que se enterara la menor cantidad de gente posible, claro, el intercepto, tenía que sentirse un privilegiado por ser uno de los elegidos e Isidro mordió el anzuelo.

Lo primero que teníamos que conseguir era un saco opaco porque, una vez que consiguiéramos meterlos dentro, se quedaban quietos y no se intentarían escapar. Cogimos un macuto que aportó Masico con una sonrisa pícara dibujada en su cara al saber que iba a ser Isidro el sujeto de la broma. No recuerdo cómo, pero conseguimos una cantidad bastante considerable de mondas de naranjas que bajamos disimuladamente en unas bolsas a la zona donde uno de nosotros esperaría a que los gamusinsos, asustados por la batida ruidosa de los demás cazadores, fueran encauzándolos hasta el lugar elegido y allí, se meterían las cáscaras de naranja dentro del macuto, cerrándolo inmediatamente con la cremallera; caza hecha.


Bajamos al patio y me parece estar percibiendo en mi rostro cómo el aire de aquella noche de mayo comenzaba a ser más cálida, anunciando el próximo verano. También me parece estar oliendo aquella mezcolanza de aromas de las plantas, flores y árboles del entrañable patio y de estar viendo los ojos abiertos con las pupilas dilatadas de nuestro querido amigo, nervioso y temeroso ante un acontecimiento único e irrepetible porque una vez que se cazaban, los demás se daban cuenta y ya no volvían a caer en la misma trampa. Yo mismo, me dejé llevar por las indicaciones profesionales de los que ya habían cazado gamusinos muchas veces en sus pueblos. Comenzamos la batida desde la zona del frontón, donde se guardaban los karts y las bicis, recorriendo la zona central del patio, con el estanque en medio, dando voces y haciendo aspavientos: "mira, por allí van dos", "joder, que grandes son esos", "corre Paco que se escapan", "cuidado que se suben a los árboles". Yo no veía nada, pero también daba voces como un gilipollas e Isidro que iba cerca, también hacía lo mismo, agachado con las manos abiertas como intentando meter las gallinas en el su gallinero.
Llegamos al final del área central del patio, en frente de la cantina, donde no recuerdo quien estaba, con el macuto abierto para que entraran solos los misteriosos gamusinos, al grito de "¡Ya está, tengo un montón e ellos!". Con el dedo en los labios, mandándonos callar para que no se asustaran, nos dijo que lo mejor para verlos y que se quedaran quietos, era llevarlos a un sitio mullido y con luz artificial y así se quedaban inmóviles, como petrificados. Le dijo a Isidro que fuera él el que llevara el macuto lleno de gamusinos, es decir, lleno de mondas de naranjas y otras menudencias, por ser el iniciado en la caza y con mucho cuidado, transportarlo hasta el lugar idóneo; su cama. Subimos a las habitaciones, todos en procesión y en el más absoluto silencio, con el corazón a más de cien pulsaciones por la emoción de ver a los animales que nadie sabía explicar como eran exactamente. Llegamos a su habitación, encendimos las luces, abrimos su cama y con las sábanas y manta levantada, Isidro ayudado por los expertos, con el macuto boca abajo para que no viera el contenido, abrieron la cremallera y se le llenó la cama de todas aquellas mondaduras de naranja, papeles de chocolatinas, etc. Todos nos empezamos a reír a carcajadas, pero uno de los más sorprendidos era yo por no ver a esos seres tan enigmáticos de los que nunca había oído hablar y que no se criaban en Carrascal y eso que yo era un "correcaminos" y me recorría el pueblo de cabo a rabo sin haber dado con ellos nunca. No sé que esperaba, pero me decepcionó mucho no ver unos animalitos pequeños, peludos, simpáticos y escurridizos, faltos de cariño.
Isidro sí que reaccionó como en él era habitual: nos miró con el macuto en una mano, mientras con la otra sujetaba la sábana de su cama, mostrándonos la camada de gamusinos inmóviles y dispersos encima de su colchón con una sonrisa resignada más parecida a una mueca torcida y acertó a decir: "CABRONES".


Cuando terminamos de hacernos unas fotografías del grupo, nos dirigimos a los talleres, que será objeto de otra entrada.

Infringiendo las normas





En la visita que realizamos en 2007 a las diferentes áreas de la Universidad no ocurrieron hechos destacables en cuanto a anécdotas con el calado de las que nos pasaron en cada rincón de sus estancias, pero en el momento de recorrer cada pasillo y cada sala, se nos vinieron muchos recuerdos de nuestro paso por ellos. Ahora, sentado frente a la pantalla del ordenador y con más tiempo de rememorar y ahondar en la memoria de aquellos tiempos, se me vienen a la cabeza muchos episodios vividos en cada uno de estos lugares.
Antes de abandonar la parte alta del ala sur del edificio, donde he contado nuestra visita al psicólogo y la sala de juegos, había muchos más recobecos y pedazos de nuestra memoria personal y colectiva. En cuanto a lo personal, tengo que contar que este era el lugar de nuestras escapadas furtivas al calor de docenas de lunas de amarillo pálido en los tejados grises de pizarra sanabresa. Cuando teníamos decidido salir sin pedir permiso para volver tarde, la estrategia era subir a este lugar y dejar quitado el cerrojo de una de las ventanas de acceso al tejado abuardillado, dejándolo entornado, simulando estar cerrado, pero fácil de abrir desde el exterior con un pequeño empujón. Por lo apartado del lugar, nadie iba por allí a comprobar que todas las ventanas estaban cerradas y mucho menos, pensar que alguien podía ocurrírsele hacer semejante acto de subversión. Llegada la hora de regreso del paseo vespertino, los que teníamos que pasar el pórtico de entrada, no lo hacíamos a la hora convenida, si no a la hora que nos daba la gana y no por esa puerta principal. Nos íbamos por la parte trasera de la Laboral y subíamos por los barrotes de la puerta que está al lado del paraninfo del teatro y desde allí, con agilidad gatuna, saltábamos de tejado en tejado, para llegar a la ventana que habíamos dejado abierta por la tarde, mientras los perros que habían comenzado a dejar sueltos por el patio pasadas ciertas horas, precisamente para evitar que la gente se colara por la puerta trasera de al lado de los talleres, nos miraban estupefactos desde el suelo, sin ser capaces de articular un simple ladrido de aviso. Entrábamos subrepticiamente en la silenciosa oscuridad de los pasillos desiertos para ir serpenteando por todo el edificio con el corazón bombeando sangre mucho más rápido de lo normal y con la adrenalina desbocada por la hazaña realizada. Llegábamos a nuestras habitaciones y nos dejábamos caer rendidos encima de la cama, exahustos y triunfantes por haber burlado una vez más las normas.
Tengo que reconocer públicamente que estos actos de supuesta valentía, los realicé dos o tres veces, pero hubo algún compañero, muy respetable socialmente en la actualidad, que era todo un experto en estas lides. Os propongo un ejercicio de indagación detectivesca para averiguar quién era.

Otra de las secuencias de mi vida de estudiante ocurrida en estos lugares trata de una costumbre que hoy, la considero un poco ruin y egoísta. Ya he contado que algunas veces, Paco y Aguado me acompañaban para ir a buscar a mi novia a la salida del trabajo. Esto siguió ocurriendo a lo largo 1º y 2º de F.P.II y algunas veces quedábamos para regresar a la Uni juntos. De camino, pasábamos por nuestra pastelería favorita; La Gobierna y era cuando nos comprábamos los almendrados y los merengues. No los comíamos por el camino y esperábamos a llegar a la Laboral para subirnos a este lugar tan apartado y darle allí buena cuenta, intentando evitar que nadie nos viera para no compartir ni las migajas con ellos, ya fuera amigo, allegado o mosca cojonera. Lo saboreábamos como el manjar más delicioso y prohíbido del universo y cuando pienso en ello, no puedo por menos que pensar en la escena de la película "Cadena perpetua", cuando los presos acaban de dar brea al tejado de la cárcel y Tim Robins, les consigue unas cervezas frías para celebrar el trabajo bien hecho.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Del psicólogo al teatro (2007 y siempre)







Desde los pasillos de las aulas, donde tantas anécdotas vivimos, subimos a la primera planta.
Esta zona si que ha cambiado desde nuestra época hasta ahora. Donde estaba la sala de juegos de F.P.II, han hecho una biblioteca o sala de estudios, aunque la estructura arquitectónica no ha cambiado, no se reconoce el grandioso espacio que ocupaba aquella sala. Apenas tengo recuerdos del lugar porque no lo frecuentábamos demasiado. Si que me acuerdo de algún partido de ping-pong jugado con Luismi y sus paletazos eléctricos y planos imposibles de devolver ni para los chinos esos que salen en los videos de youtube, que hacen verdaderas virguerias, en las que no se ven ni las pelotas.
Por no recordar, no recuerdo siquiera si había televisión y ahora que lo pienso, mientras estuvimos en el periodo de estudios de F.P.II, no veíamos la tele entre semana. Todo nuestro tiempo de internos, lo pasábamos en nuestras habitaciones o la de los vecinos y ese era nuestro entretenimiento cotidiano.
Lo que si recuerdo de esta zona, es el despacho del psicólogo, el que actualmente es el director de la Laboral, al que fuimos llamados en una ocasión de uno en uno para informarnos de los resultados de un test de inteligencia o de habilidades o vete a saber que experimento educativo. Fue en 2º de F.P.I y me acuerdo estar todos juntos en las escaleras de acceso a la primera planta, desde donde nos iban llamando. No sé si lo hacía por orden alfabético o dependiendo de los resultados. Recuerdo perfectamente lo que me dijo en aquella ocasión y también lo que le dijo a otros de los compañeros allegados, que no voy a contar en este foro, pero que si existen aún aquellos informes en alguna parte de algún archivo de la Uni, al menos a mí, me gustaría volver a tener acceso a ellos.
En la espera del llamamiento, recuerdo la ocurrencia de Aguado respecto a nuestro compañero Mayo. Por aquella época había un anuncio de fotocopiadoras Rank Xerox en el que el slogan era: "Hay muchas fotocopiadoras, pero no todas son Rank Xerox" y Aguado lo transformó por: "Hay muchos mayos, pero no todos son Lan Seros".
Desde allí, nos encaminamos al teatro. Un lugar arquitectónicamente precioso bajo mi punto de vista y que también ha cambiado mucho desde nuestro paso por la Universidad.
No es que fuera un sitio que visitáramos con asiduidad, pero los recuerdos que tengo de las visitas que realizamos, permanecen indelebles en mi memoria. La primera que hicimos, fue en las navidades de 1º de F.P.I para ver la película: "La fuga de Alcatraz", donde Clint Eastwood y sus compañeros de barracón inventaban una fuga de la prisión más segura de los Estados Unidos. Yo no podía presumir de haber ido mucho al cine y esa era una de mis primeras películas, con lo que disfruté enormemente del acontecimiento en compañía de todos vosotros, entonces diseminados por todo el patio de butacas de aquel maravilloso cine y que con el paso del tiempo, se fueron reduciendo los espacios entre nosotros para acabar siendo los 40 ó 42 que formamos los últimos e irreductibles de "La Octava".
También recuerdo unas funciones que se hicieron por parte de los alumnos en las primeras navidades o en las de 2º, eso si que no logro ubicarlo bien, pero lo que si consigo es saber que Paco y Aguado se embarcaron en una especie de representación bastante cómica de un telediario, que a mí particularmente, me hizo reír mucho. Espero que los autores si lo recuerden.

En otro momento de uno de esos dos cursos, también vimos otra película. Ésta era un musical y un clásico, que he sabido apreciar con el paso de los años, pero que con aquella edad y en aquellas circunstancias, no fue de mi agrado: "West side story". ¿La recordáis?
Pocas veces más visitamos aquel lugar tan entrañable, pero si alguien se acuerda de otras ocasiones, este es buen sitio para contárnoslo a todos...ah, me acabo de acordar de otra ocasión, que no recuerdo con qué motivo, pero un guitarrista nos iba a deleitar con su guitarra eléctrica, pero algo no debió de funcionar y tuvimos que evacuar la sala sin el esperado concierto. El chaval era de nuestra edad, pero no estudiaba en la topera; pelo claro y rizado y aire de despistado.


Modifico esta entrada con este anexo, para incluir otra de las películas que fuimos a ver al cine de la Laboral y que nos recuerda Rapado. Al hacer el comentario, también a mi me ha venido a la memoria dicha cinta.
Esta entrada va a ser un poco especial porque os vais acordando de películas que vimos en el cine, así que, a medida que os vayáis acordando, las iré incluyendo, porque ese es el fin que persigo y creo que haré lo mismo con "La banda sonora de una época". Hay mucha más música que escuchamos y también cintas de chistes, etc. No he puesto todas, con la intención que seáis vosotros los que me digáis vuestros gustos de la época y los iré insertando en la entrada.